Minuto de Libertad

Al despertar y ver que no estas a mi lado, ese maravilloso sueño contigo se vuelve una pesadilla…

Anónimo

Abrí los ojos repentinamente. La oscuridad inundaba mis sentidos. Existía un silencio extrañamente pacífico en aquel cuarto.

Como de costumbre, con la pseudo-inconciencia del despertar, mecánicamente extendí el brazo, buscando el celular que se encontraba sobre la mesa de luz, para fijarme en la hora. Tuve que despegar la cabeza de la almohada.

¡Ufff… qué temprano! — me dije, lanzando un bostezo.

Había vuelto a casa por la madrugada, alrededor de las 2:00hs, y el reloj marcaba recién las 5:40hs aquel domingo.

Empecé a sentir frío en las piernas, la sábana que me cubría había caído al piso. Eso no era normal, sin embargo, sabía que las cosas serían diferentes. La levanté, me cubrí nuevamente y trate de dormir. Lastimosamente, luego de varios intentos, no logré concebir el sueño.

Tendido en la cama, mirando el techo que iba tomando color y forma, pensé durante eternos minutos en la vida, hasta que me di cuenta que debía volver a tierra y reincorporarme. Con los párpados pesados y entre bostezos voraces, esforzadamente me levanté de la cama y me dirigí al baño.

Me miré al espejo y vi una cara de cansancio. Una cara de neutralidad. Observé detalladamente mi rostro. Las líneas que el tiempo marcó en mí y que acababan en las comisuras de mis ojos. El lunar perfectamente irregular de un color marrón como el café, que yacía casi como un parásito sobre mi gruesa ceja derecha. Las blancas canas que los años me habían regalado sin que yo quisiera.

En el espejo veía reflejado un rostro solemne, que no demostraba angustia ni arrepentimiento, y que incitaba a juzgar a ese hombre despiadado por su conducta indiferente y por su incomprensible accionar.

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Debía limpiarme. La ducha se extendió por al menos una hora. Parado bajo el rocío del agua, ésta recorría mi cuerpo y terminaba con un tono rojizo al caer y escurrirse por el piso. No titubeé. Adoraba sentir en mi nuca el agua tibia que invitaba a sumirse a un trance profundo. Me sequé, volví a la habitación y me vestí.

La cama, el armario e incluso el dormitorio se veían más grandes ahora. El suelo y las sábanas estaban marcados por el miedo. Clavé la mirada a la pared, la cual exhibía nuestras fotografías colgadas; estas ya no tenían ningún valor.

Al fin podía dejar de fingir.

Bajé por las escaleras, acariciando las paredes y sintiendo las texturas que inmortalizaban lo que en ese pasillo había sucedido. Las paredes escucharon. Fueron testigos de lo que pasó.

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Llegué a la cocina. Los primeros rayos del sol ingresaron por las ventanas y comenzaron a dejar en evidencia las huellas del crimen. Sin ningún preámbulo, inicié con el ritual: agua en la pava, encendí el fuego, preparé la yerba. Un poco de ka’ã he’ẽ*, anís, manzanilla y boldo.

Mientras el agua se calentaba, busqué un cigarrillo en el auto, pero no lo encontré. Me molesté.

Regresé a la cocina y finalizado los preparativos, dispuse de la primera cebada y dejé la guampa* reposar. Entretanto, las escenas se reconstruían veloz y quebradamente en mi cabeza. Recordaba su cara y sus gritos suplicándome piedad. Repentinamente, los cantos de los pájaros alejaron mi vista perdida, fijada hacia ningún lugar lejano. El primer sorbo de mate* llegó.

Paseé por toda la casa, disfrutando de la rara soledad con olor a libertad que anhele durante añares. No me sentía feliz, pero si tranquilo.

Salí al patio a quemar las ropas manchadas de sangre. Pensé entonces:

¡Esa perra… se lo merecía! — Tratando de justificar mi obrar.

Estaba seguro de eso. Es que cada palabra que ella lanzaba hacia mí, únicamente sepultaba más y más mi dignidad. Destrozaba mi orgullo con cada oportunidad.

Entonces, esa noche, no me reprimí. La asesiné. Con mis propias manos.

Yo la amé. La “unión” de nuestras almas, en aquella blanca noche, debió ser el inicio de una vida próspera y dichosa hasta nuestras muertes. Pero el tiempo nos cambió, y ella pasó de ser la mujer hermosa y tierna de la que me había enamorado, a ser el sufrimiento de mis mañanas y la razón para no querer volver a casa por las noches.

Finalmente encontré los cigarrillos en su mesa de luz, ella me había prohibido fumar desde nuestra convivencia.

Así pasé la mañana fumando, y luego de unos cuantos cigarrillos, la comencé a extrañar. ¿Cómo no extrañarla? si viví 25 años junto a ella. Pero no la quería ver ni oír. Sólo la extrañaba.

La tarde cayó sobre mí sin permitirme pestañear, cuando unos sonidos alarmantes irrumpieron mi paz. Unas sirenas se oían frente a casa. Segundos pasaron y llamaron a la entrada. No atendí. Subí velozmente a mi cuarto y comencé a preparar mi viaje astral.

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Ojalá no me la encuentre allá — ironicé con una pequeña risa.

Mirando la rígida viga de techo, concluí que ésta soportaría y, aunque quisiera, no me dejaría fallar. Abajo se escuchaban voces, golpes en las puertas y ventanas. Exigían entrar.

Listo para partir, le di una última probada a mi cigarrillo, esperando que minimice los latidos de mi corazón. Aparentemente él trataba de abandonar mi cuerpo. Unos pasos apresurados se tornaron hacia la escalera, por lo que decidido, me lancé a los brazos de la muerte.

No pude evitarlo. La oscuridad volvió a inundar mis sentidos.

Abrí los ojos. Me encontraba de nuevo tendido sobre la cama. Sin pensarlo, busqué mi celular. Eran las 5:41hs.

La sábana me cubría. Sentí rozando en mis piernas un calor maldito que ardía. Mire al costado y allí estaba ella. Sus odiosos y detestables ronquidos me llenaron de una furia infernal que carcomió cada fibra de mi ser. En ese momento, sólo quería rodear con mis manos su fino cuello y asesinarla con brutal pasión. Cuando inesperadamente despertó. Allí estábamos. Acostados frente a frente. Mirándonos.

No dijo nada. Entonces me le acerqué, le di un beso y le susurré al oído:

— Tranquila amor… sólo en sueños soy capaz.


Fabio R. Rojas B.  Julio 2017. Derechos Reservados.


*Ka’ã he’ẽ: Remedio natural, la Stevia es una planta nativa del Paraguay, de sabor dulce.

*Guampa: Utilizada para beber el Mate, bebida caliente (comparable al té) consumida en Paraguay, Argentina y Uruguay.

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