Metrónomo

Mi padre fue un músico frustrado, por lo que de niño me obligó a practicar diferentes tipos de instrumentos musicales. El piano, la guitarra, el violín, la batería, etcétera. Me encerraba en un cuarto especial, debidamente insonorizado, en el que me mantenía durante horas e incluso días donde sólo éramos mis instrumentos y yo.

Para mantener mi pulso y llevar el ritmo que dictaban las partituras era necesario un metrónomo. El metrónomo me ayudaba a sintonizar mi mente con los movimientos de mis manos.

Amaba la música, sin embargo siempre sentí la necesidad de realizar una confesión. Odiaba el sonido de aquel metrónomo. Tan monótono, incesante, irritante, seco e insípido…

Tic-toc, tic-toc, tic-toc, tic-toc, tic-toc….

Sus sonidos se adentraban hasta lo más profundo de mí ser y me carcomían las entrañas. Era tan repulsivo y desagradable. Ésta simetría sonora en el aire retumbaba en mis tímpanos y me enfurecía, a tal punto que tocaba los instrumentos con cierta rabia y demencia sin poder discernir la realidad. Terminaba con los dedos ensangrentados y los oídos sordos.

Al cabo de un año mi madre necesariamente debió instalarme en un centro psiquiátrico,  donde afortunadamente lograron tratarme y así curar el estado de desequilibrio mental que adquirí. Pude entonces vivir gran parte de mi adolescencia y juventud de una manera normal, totalmente alejada de la música.

A mis 25 años me casé con una bellísima muchacha llamada Laurène. ¡Qué hermosa mujer! Me logró convencer —sin notarlo— de mudarnos a Paris, donde los meses que pasé junto a ella fueron los mejores de mi vida. ¡Éramos tan felices!

Un día luego del trabajo volvía a toda prisa al departamento ya que era nuestro primer aniversario de casados. Al subir las escaleras de la estación del metro para mi desgracia resbalé y caí golpeándome duramente la cabeza contra el suelo. Todo se puso negro. Sólo recuerdo que luego desperté en una sala blanca, me gire y vi a Laurène. ¡Mi ángel!

Ne t’inquiète pas mon coeur. Nous sommes dans l’hôpital. me dijo, tratando de tranquilizarme.

Me realizaron algunos estudios y otras pruebas más. Finalmente los doctores  me dieron de alta después de 24 horas y me dijeron que probablemente no tendría ninguna secuela, aunque debería de cuidar mi cabeza. Me tomé unos días de descanso y sentado viendo la TV sentí algo diferente en mí. Algo había cambiado.

Repentinamente un ruido blanco empezó a rechinar en la sala. Un sonido agudo. Llamé a Laurène, pero me dijo que no escuchaba nada raro. Su voz se empezó a encoger, ahora sólo movía los labios sin emitir ni una palabra y el ruido blanco cada vez se hacía más agudo. Las manecillas del reloj comenzaron a amplificar sus tic-toes estruendorosos. Reproducían unos ecos resonantes por todo el edificio. Me tapé los oídos y cerré los ojos con todas mis fuerzas. Ensordecí unos segundos, hasta que luego todo volvió a la normalidad. Al fin todo había terminado.

Fui a la cama con mi amada, nos acostamos y coloqué mi cabeza en su pecho. Escuchaba su corazón que latía como una música alegre para mis oídos. Se sincronizó con mis pulsos.

La miré fijamente a los ojos durante unos instantes, tonto y enamorado. Pero luego presté mayor atención. Sus latidos empezaron a sonar de otra manera, transformándose en el sonido que durante mi vida odié. Contuve la respiración, cerré los ojos, tapé mis oídos nuevamente. Lo juro, intenté de todo, sin embargo no lograba parar aquella detestable palpitación. ¡Pobre Laurène! No me quedó más remedio. La tuve que asfixiar con la almohada. Y es que yo la amaba de verdad, pero el metrónomo dentro suyo no paraba de sonar.


Fabio R. Rojas B.  Julio 2017. Derechos Reservados.


 

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