El Coleccionista

Es necesario que venga hoy señor Hernández —dijo una voz seca y penetrante durante la conversación telefónica. Luego agregó—, no olvide traer sus herramientas.

Ese domingo estuvo nublado durante todo el día, y para la mala fortuna del joven José Hernández, había llegado junto con la lluvia nocturna. Llamó a la puerta de un gran castillo que se encontraba en la dirección indicada. Era una gran edificación, que por la apariencia, se podía deducir que tenía ya varios centenares de años.

La puerta se abrió produciendo un chillido atroz y molesto. Un mayordomo canoso y encorvado lo atendió.

Adelante señor Hernández, lo estuvimos esperando— dijo, tosiendo un poco.

José, cerrajero de profesión, era un muchacho fornido y bien puesto. Adquirió las destrezas de cerrajería gracias a su padre, que había desaparecido hace varios meses, por lo que debió encargarse del negocio.

Sígame señor Hernández— y con una risa casi irónica agregó —, no se querrá perder.

El mayordomo, con un paso lento y cojo, lo guiaba atravesando varios salones. Le comentaba sobre los gustos del amo, sobre sus vastas colecciones y sobre su notable infortunio de aquel día. José apenas prestaba atención a las explicaciones del mayordomo, debido al gran asombro y a la gran curiosidad que tenía hacia los objetos del castillo.

Con cada salón que atravesaban, José quedaba más sorprendido aún. En aquellos salones existían colecciones de armas de la primera y segunda guerra mundial, colecciones de monedas y billetes, colecciones de libros antiquísimos, colecciones de animales disecados ya extintos, fotografías de personajes célebres con firmas y dedicatorias al amo, entre otras decenas de colecciones más.

Finalmente llegaron a un gran pasillo con barriles de roble a los costados, todos finamente etiquetados. Entonces el mayordomo le indicó:

Señor Hernández, al final de este pasillo se encuentra el último salón donde el amo acostumbra a beber sus vinos. Él quedó encerrado adentro—. Dicho esto el mayordomo se retiró.fotoefectos.com__final_3036354815512369098_José atravesó el pasillo, donde con cada paso que daba sentía más escalofríos. Algo no está bien pensaba, sin embargo recordaba la jugosa paga que tendría al concluir el trabajo y se armaba de valor. La oscuridad empezó a inundar sus ojos, cuando de repente chocó contra una imponente puerta. Sacó la linterna y empezó a trabajar.

Utilizó todas las técnicas conocidas, pero no lograba abrir la puerta. Ya cuando preparó sus herramientas para retirarse, dio una última mirada a través del cerrojo. Vio sobre una mesa un descorchador, una copa vacía y una vela encendida.02José dio media vuelta para volver junto al moyordomo y al primer paso escucha detrás suyo el crujir de la madera. Entre las hendiduras sopla un viento fresco que lo paraliza. Se acerca nuevamente a la puerta y con un pequeño empujón la abre sin esfuerzo. Entra al salón y la puerta se cierra súbitamente.

Adentro se escuchan los gritos de José dando pelea. Luego de varios segundos, el silencio vuelve. Una silueta atraviesa el pasillo retornando a la claridad, y en la mano una copa llena sangre.

Cuando este llega a la entrada del pasillo, el mayordomo  que ya lo estaba esperando pregunta:

— ¿Qué le parece su bebida, amo?

— Excelente Alfred, posee un buen cuerpo.


Fabio R. Rojas B.  Julio 2017. Derechos Reservados.


 

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7 comentarios sobre “El Coleccionista

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  1. Tranquilo. Ves, da igual; escribas como escribas nadie te criticará ni te hará ver tus errores, aunque sea de forma honesta para hacerte ver los fallos. Esto es la leche y cualquiera puede ser un Cervantes o García Márquez. La bomba.

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